Cómo recuperar la soberanía digital y repensar el capitalismo de las Big Tech: Nuestra transición familiar a Linux

Fotografía por Vincent van Zalinge en Unsplash
Mi primer contacto con la informática tuvo lugar a los 12 años, cuando mis padres adquirieron un flamante Amstrad CPC 128k para casa. No recuerdo muy bien los motivos para elegir ese modelo; tal vez influyó que un tío mío acababa de comprarse el mismo. Entre mis vecinos también era un sistema popular y, poco a poco, otros primos y compañeros de clase se sumaron a la corriente.
Empleaba el ordenador básicamente para jugar (¡con un mando y una pistola por infrarrojos!), pero con el tiempo aprendí algunas nociones de BASIC y empecé a usarlo para los trabajos del instituto. Esto fue posible tras adquirir una impresora matricial que, junto a un genial procesador de textos -Tasword-, me evitaba tener que borrar con Típex las erratas de la máquina de escribir.
Debo reconocer que fue una época genial. Mis padres me ayudaban con la compra de disquetes o algún que otro juego, y pasábamos las tardes en casa de unos y de otros copiando y explorando las posibilidades de esos ahora insignificantes 128k.
Mi segundo ordenador fue ya un Intel Pentium a 120 MHz con 8 MB de RAM y lector de CD que, poco después, amplié a 32 MB. Ya en el bachillerato transité por MS-DOS, Windows 3.1, 95, NT y mi primera distribución Linux: Slackware, la cual adquirí junto a un manual de ANAYA.
Ese fue mi primer contacto con el software libre (y los entornos gráficos X11). Posteriormente llegaron distribuciones como Red Hat, openSUSE —que llegué a usar en un servidor Sun UltraSPARC en un proyecto en producción—, Debian y Ubuntu.
A lo largo de los años, mi relación con Linux estuvo muy marcada por un uso específico para desarrollo y servidores web en producción. Sin embargo, tras varios amagos de migrar todo mi ecosistema personal y de trabajo, nunca acababa de encontrar los motivos suficientes para dar el paso definitivo.
Hay que reflexionar que un cambio de ese calado, tras 30 años habituado al ecosistema y a las aplicaciones de Windows y Mac, no es baladí. Aunque he sido usuario de múltiples sistemas operativos, incluidos entornos pioneros y remotos (como BeOS, del que llegué a hacer un tutorial interactivo en mi época universitaria), romper con las dinámicas de productividad cotidianas es extremadamente complejo. Te asaltan muchas preguntas y desafíos: ¿Tendré las mismas aplicaciones? (respuesta obvia), ¿habrá alternativas?, ¿cubrirán mis necesidades?, ¿dedicaré mucho tiempo a resolver problemas técnicos?, ¿qué pasa con los drivers para tal dispositivo?, ¿tendré que cambiar mis sistemas de archivos?, ¿qué hago con mis máquinas virtuales?, ¿qué distribución elijo?, ¿y las actualizaciones?
Estas dudas hacían que, cada vez que me planteaba cambiar todo mi entorno a Linux, encontrara una excusa para posponerlo; esencialmente, la falta de tiempo. Sin embargo, en el último año han confluido varias cuestiones que nos han empujado, no solo a nivel personal sino también familiar, a adoptar una postura más firme y dar un paso adelante.
Por un lado, la decisión de Microsoft de finalizar el soporte de Windows 10, obligando con Windows 11 a asumir unos requisitos de hardware que muchos equipos perfectamente solventes no cumplen. Por otro, un sentimiento cada vez más arraigado en casa sobre la necesidad de hacer frente al capitalismo tecnológico desmedido, al consumismo, al poder de las Big Tech y a la importancia de apostar por el Software Libre. En nuestro caso particular, la familia contaba con cuatro equipos: el portátil de mi hija mayor, el ordenador de escritorio con el que mi mujer trabaja diariamente, mi ordenador de trabajo y un PC en una segunda residencia para tareas comunes (ofimática, navegación, multimedia, etc.).
El desafío no era solo encontrar respuesta a mis necesidades personales y profesionales, sino a las de toda la casa. El reto estaba servido.
Pasé bastante tiempo leyendo blogs especializados, probando distribuciones en máquinas virtuales y diseñando la mejor estrategia de transición. El proceso completo ha durado casi un año y empecé, como no podía ser de otra manera, por los ordenadores de mi hija y de mi mujer. Necesitaba una prueba real de que aquello iba a funcionar antes de tocar mi propio ecosistema que, por proyectos y flujos de trabajo, era el más complejo de analizar.
La experiencia con mi hija: De openSUSE a Fedora
Mi hija estudia secundaria y trabaja con un portátil de hace algunos años pero con un rendimiento excelente (16 GB de RAM, SSD, NVIDIA GTX 1060...). Sus necesidades son las propias de su edad: ofimática, navegación, vídeos, música y jugar a algún título de nuestra biblioteca familiar de Steam. El objetivo era conseguir una distribución ágil, robusta, que no diera problemas con los drivers propietarios de NVIDIA y que se pudiera actualizar a lo largo del tiempo sin complicaciones.
Tras probar openSUSE Leap, vi que los controladores de NVIDIA daban algún conflicto con Steam, por lo que finalmente opté por cambiar a Fedora 41. Aunque esta distro no instala los drivers propietarios de forma nativa, sí permite activar los repositorios de terceros de manera muy sencilla durante la configuración inicial.
A partir de ahí, todo fluyó: LibreOffice se movía rápido, Firefox funcionaba a la perfección y el resto de aplicaciones se instalaron de forma limpia desde la tienda de software de KDE. Por cierto, sí, KDE ha sido el entorno de escritorio elegido para toda la familia tras probar varias opciones y consensuarlo en "asamblea familiar".
Mi hija no ha notado ningún impacto negativo; de hecho, no entra a valorar qué significa Linux o Fedora (para ella es simplemente "el sistema de los frikis", como dice a veces). Para su día a día, es un entorno que le permite hacer exactamente lo mismo que antes, con la ventaja de que ahora utiliza las mismas herramientas que en su instituto público de la Comunidad Valenciana, donde los ordenadores funcionan con LliureX (que también utiliza KDE). Cuando no trabaja en local con LibreOffice, se conecta vía web a la suscripción de Office 365 del instituto para tareas colaborativas. Mención aparte merece el excelente rendimiento de los juegos en Steam gracias a Proton, que viene integrado de serie y que ya conocíamos porque en casa tenemos una Steam Deck.
Con Fedora la estabilidad ha sido total, tanto que hemos ido actualizando las versiones que el proyecto ha ido lanzando consecutivamente hasta la actual Fedora 44. Para mi sorpresa, todo el proceso se ha desarrollado de forma transparente y ágil, a pesar del lógico nerviosismo que nos asaltaba cada vez que realizábamos una actualización mayor de sistema.
El equipo de mi mujer: Estabilidad con openSUSE
Tras este primer experimento, llegó el turno del PC de mi mujer. Desde el principio, ella era la más entusiasmada con la idea de la migración, tanto por principios como por curiosidad. Su equipo, que usa diariamente para trabajar en tareas de ofimática, navegación, gestión de correo y videoconferencias, es una máquina potente (un i5 8700k con 32 GB de RAM, NVMe y una tarjeta gráfica modesta AMD Radeon) que perfectamente habría soportado Windows 11. En este caso, optamos por openSUSE Leap 15.
La elección vino determinada por su reputación de estabilidad y su sólido soporte de actualizaciones a largo plazo. En esta ocasión, la configuración de los controladores gráficos fue automática, dado que el soporte para AMD es nativo en el Kernel de Linux, lo que facilitó enormemente el proceso.
A lo largo de todo un año no hemos tenido ni un solo problema con el equipo, el cual trabaja conectado a dos monitores (uno 2K y otro Full HD), webcam y auriculares con micrófono Logitech. Entre las aplicaciones más específicas que emplea se encuentran OpenVPN para conectar con la red de su empresa, LibreOffice, Firefox, Chromium, Thunderbird, GIMP, Autofirma, Linphone (para la telefonía IP del trabajo) y Zoom. También automatizamos el montaje de los puntos de red, tanto para el NAS doméstico como para los servicios SAMBA y WebDAV de su entorno laboral a través de la VPN.
El sistema se mueve con una soltura increíble, especialmente desde que hace unas semanas actualizamos a openSUSE Leap 16, lo que nos garantiza soporte y parches de seguridad hasta 2033. Ha sido una experiencia magnífica que demuestra que la migración en entornos profesionales de oficina es totalmente viable si se seleccionan las alternativas de software adecuadas.
El Media Center y el asalto final a mi equipo de trabajo
La última prueba antes de dar el salto con mi ordenador principal fue un i5 de séptima generación con SSD y 8 GB de RAM que utilizamos principalmente como Media Center. Para este equipo seleccioné Debian 13 por su ligereza y la contrastada estabilidad de sus paquetes a largo plazo. No hubo mayores contratiempos, más allá de configurar el arranque visual con Plymouth. El sistema corre bajo KDE con Chromium y Edge configurados en modo quiosco para acceder directamente a servicios como Amazon Prime Video, Netflix y Xbox Cloud Gaming. Todo funciona como reloj suizo: Bluetooth, mandos inalámbricos y actualizaciones diarias automáticas.
Tras casi un año con este laboratorio de pruebas libre de incidentes, llegó el momento de migrar mi herramienta de trabajo. Se trata de un equipo con cierta solera (un i7 6700 con 32 GB de RAM, discos NVMe y una GTX 1080) que utilizo tanto para jugar como para edición de vídeo y desarrollo. Como comentaba al principio, mi mayor detonante fue la frustración de ver cómo una Big Tech deja obsoleta una máquina tan solvente y que cubre perfectamente todas mis necesidades actuales por meras decisiones de compatibilidad con Windows 11.
Aunque detallaré todo este proceso técnico en un próximo post, puedo sintetizar la experiencia. Tras planificar la migración y asegurar una copia de respaldo completa de mis datos (especialmente de las máquinas virtuales de mis proyectos), decidí instalar Ubuntu 26.04 LTS. Opté por esta distribución buscando la estabilidad a largo plazo que ofrece el soporte de Ubuntu Pro hasta la próxima década (2036), además de la enorme comunidad de soporte disponible, algo vital ya que mi flujo de trabajo diario depende estrechamente de entornos como Docker, KVM y LXC.
También requería un sistema con un despliegue cómodo para los drivers de la NVIDIA GTX 1080, y Ubuntu los ofreció de forma nativa durante la propia instalación. Prácticamente todo funcionó a la primera: la tarjeta gráfica, Autofirma, las herramientas de oficina (LibreOffice, Zoom), suites de programación vía Snap y, por supuesto, Steam, que ejecuta mi catálogo de juegos a resolución 2K con un rendimiento excelente.
Es justo reconocer que, debido a las necesidades específicas de mi perfil técnico y de laboratorio de desarrollo, dediqué un par de días a dejar el sistema exactamente a mi gusto: personalizar el entorno de escritorio KDE, configurar la pantalla de carga de Plymouth con un diseño retro y afinar los servicios de virtualización. Nada excesivamente complejo; me apoyé puntualmente en la Inteligencia Artificial para resolver dudas de sintaxis y configuración, pero sin comprometer la estabilidad del sistema ni tener que reinstalar nada.
Nuestra conclusión
Ya no hay marcha atrás. Es cierto que este camino exige un cambio de mentalidad y adaptarte a la ausencia de ciertas herramientas tradicionales (como la suite de Acrobat), pero también te abre las puertas a descubrir soluciones mucho más eficientes y ligeras para el desarrollo a las que antes no había podido dedicar tiempo, como LXC o DDEV.
Solo el tiempo confirmará si la elección ha sido la correcta, pero de momento el balance es sumamente positivo: mi familia está encantada, Linux cubre con creces nuestras necesidades diarias y, sobre todo, hemos logrado arrebatarle a las Big Tech el poder de jubilar antes de tiempo unos equipos informáticos perfectamente válidos.