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Resistencia digital en el escritorio: Un año de soberanía tecnológica y migración a Linux Workstation

Resistencia digital en el escritorio: Un año de soberanía tecnológica y migración a Linux Workstation
Publicado: Thursday, 16 July 2026
Categorías: Projectes

Fotografia: "y se resiste a morir..." por Germán Saavedra R. / X'trapotrenes. licencia bajo CC BY 2.0.

En una entrada anterior, expliqué nuestro proceso familiar de transición completa a Linux como una respuesta ética y política al tecnocapitalismo desmedido, además de como un ejercicio de concienciación personal y familiar.

Este proyecto, que hemos desarrollado a lo largo de un año, ha culminado con la migración completa de mi entorno de trabajo al ecosistema Linux. Ha sido una decisión y una acción compleja, no solo por las dinámicas y herramientas de mi flujo de trabajo diario, sino también por la necesidad de planificar una copia de seguridad y una migración sumamente minuciosas debido a las particularidades de mis proyectos.

En aquel artículo ya comenté que mi equipo —con unas características bastante decentes: i7 de 6.ª generación, 32 GB de RAM, discos NVMe y una GTX 1080— había sido condenado a la obsolescencia programada y a la imposibilidad de actualizar legalmente a Windows 11. Este fue uno de los detonantes (quizás el de mayor peso) para dar el paso definitivo. Con los precios actuales del mercado de hardware, renovar el PC no resultaba un aliciente, especialmente cuando este equipo —que lleva una década dando la talla— aún rinde perfectamente para mis necesidades diarias.

Mi relación con Linux viene de lejos; me acompaña desde los 18 años. Al principio lo usé como un estimulante tecnológico y por pura curiosidad, pasando por distribuciones míticas como Slackware, SUSE Linux, Corel Linux, Red Hat, TurboLinux o incluso FreeBSD. A los 21 años, empecé a tener contacto con proyectos de desarrollo y entornos de producción reales donde empleaba distros como SUSE y TurboLinux, y más adelante, Debian, Ubuntu y Red Hat.

Mi especialidad se había centrado en el desarrollo web (entornos LAMP, bases de datos) y programación en Python. Sin embargo, nunca había dado el paso de usar Linux como entorno de escritorio (workstation) en mi día a día; más bien lo utilizaba como un servidor de desarrollo al que me conectaba por SSH, ya fuera en entornos físicos o virtuales.

Con el auge de la virtualización, empecé —como tantos otros— a levantar máquinas virtuales para cada nuevo proyecto. En ocasiones, por pura agilidad, recurría a entornos locales bajo Windows como XAMPP o Uniform Server. Con el tiempo, esta inercia se apoderó de mí. El torbellino del día a día y la conciliación familiar hacían que nunca tuviera el espacio necesario para explorar alternativas más modernas que ya conocía sobre el papel, como Docker. Siempre es complicado rascar tiempo para «aprender a aprender» y salir de la zona de confort.

Tras este preámbulo, y asumiendo que nunca habría un momento perfecto —además de mi firme de negativa a comprar un PC nuevo—, decidí lanzarme a la piscina. Desde el principio asumí que debía cambiar mi paradigma de trabajo, ser flexible y buscar soluciones que simplemente cubrieran mis necesidades. Sabía perfectamente que renunciaría a herramientas que consideraba esenciales, como la suite de Office 365 o Acrobat Pro. Sin embargo, me reconfortaba un pensamiento: «Oye, no perdemos nada. Si sale mal, compramos un equipo nuevo y volvemos a lo de antes, pero al menos hay que intentarlo».

Manos a la obra

Después de realizar una copia de seguridad completa de mis datos en el NAS de casa y en un disco duro externo —además de conservar el disco de datos del propio ordenador—, tomé la decisión de exportar mis máquinas virtuales activas a formato OVF. En Windows utilizaba una licencia de VMware Workstation, pero mi objetivo en Linux era priorizar el software libre. Aunque podía haber instalado la versión de VMware para Linux, decidí apostar por otras tecnologías (en realidad tres distintas, pero de esto hablaré más adelante).

Tras la experiencia familiar, mucha lectura y meditación, decidí apostar por Ubuntu 26.04 LTS con el escritorio KDE y soporte de actualizaciones extendidas ESM (Ubuntu Pro), que es gratuito para uso personal. Fue una elección lógica, motivada por mi familiaridad con entornos de producción basados en Debian y Ubuntu, la enorme comunidad de soporte para desarrollo y, muy especialmente, la excelente compatibilidad que ofrece con mi veterana pero combativa tarjeta gráfica: la NVIDIA GTX 1080.

El proceso de instalación fue coser y cantar; todo funcionó a la primera. Tras la instalación, dediqué un par de horas a poner a punto el sistema: configurar el entorno visual e instalar mis aplicaciones principales. Cambié la pantalla de arranque (Plymouth), configuré el GRUB y resolví algunos pequeños parpadeos estéticos que la tarjeta gráfica provocaba al iniciar el sistema... Detalles sin importancia, pero soy un poco perfeccionista. :-)

El ecosistema de software

Antes de dar el salto, me preocupaba no encontrar herramientas que cubrieran mis necesidades profesionales sin tener que hacer demasiados sacrificios. Al principio sentí algo de vértigo, pero ver lo bien que le iba a mi esposa en su día a día me convenció de que era totalmente viable. Con la idea de mantener el sistema base lo más limpio posible, decidí apostar por la paquetería Snap (un formato autocontenido que ya conocía en parte gracias a mi experiencia con Flatpak en la Steam Deck).

Para no extenderme, aquí os dejo mi kit de herramientas esenciales de trabajo:

En líneas generales, estas aplicaciones cubren con creces mi día a día. Para necesidades extremadamente específicas, como tareas complejas de maquetación o diseño vectorial, sigo contando con mi iPad o el MacBook Air del trabajo, donde tengo instalada la suite de Affinity.

El entorno de desarrollo

Rediseñar mi espacio de desarrollo fue, sin duda, uno de los retos más estimulantes. En Windows solía trabajar con R y RStudio de forma local, máquinas virtuales en VMware y dos instancias portables de servidores web (XAMPP y Uniform Server), además de editores como PhpStorm y Notepad++.

Al pasar a Linux, decidí modernizar este flujo de trabajo y, sobre todo, limitar drásticamente el uso de máquinas virtuales completas que consumen recursos de manera ineficiente. Para lograrlo, opté por una estrategia de tres niveles:

  1. KVM: Para la única máquina de virtualización completa que todavía necesito ejecutar.
  2. DDEV + Docker: Mi solución de cabecera para el desarrollo web. Migré todos mis proyectos locales a DDEV, lo que me ha supuesto una ganancia brutal en flexibilidad y velocidad si lo comparo con mi vieja época de XAMPP.
  3. Contenedores ligeros LXC (con LXD): Que me permiten levantar entornos virtuales completos basados en Ubuntu en cuestión de segundos y sin apenas consumo de recursos.

Gracias a los contenedores LXD, he podido aislar una instancia específica para correr R y RStudio Server. De este modo, evito «ensuciar» mi sistema operativo principal con la inmensa cantidad de dependencias que suele arrastrar R. Del mismo modo, utilizo otra instancia ligera con un entorno de desarrollo Python destinado a un proyecto de machine learning, manteniendo el sistema base completamente impoluto.

Lo mejor de esta combinación es que puedo mantener los archivos de mis proyectos en mi sistema de archivos principal. Esto hace que trabajar con ellos sea extremadamente ágil, directo y práctico.

Para rematar la jugada, he creado un par de scripts ejecutables desde el escritorio para levantar estos entornos bajo demanda. Por defecto, mantengo los servicios de KVM, Docker y LXD desactivados. De esta forma, el sistema arranca de manera instantánea y solo consume recursos cuando realmente me pongo a programar, manteniendo a raya el consumo de RAM.

Por otra parte, recurrí a Snaps para instalar la versión Community de DBeaver y la edición educativa de PhpStorm. También estoy usando Kdenlive para edición de vídeo y me está encantando su rendimiento.

El gaming

Un último punto crucial en esta transición (aun sabiendo que no contaría con la misma compatibilidad absoluta de Windows) era la posibilidad de seguir aprovechando mi veterana GTX 1080 para disfrutar del catálogo de Steam que he ido acumulando con los años.

Aquí ya jugaba con ventaja: soy usuario de la Steam Deck casi desde su lanzamiento en España, y mi experiencia con SteamOS es sencillamente magnífica. Aunque la compatibilidad de mi biblioteca no es del 100 %, cubre de sobra mis ratos de ocio en PC. Además, lo complemento con plataformas en la nube como Xbox Cloud Gaming, Amazon Luna o GeForce Now.

Steam se desenvuelve de fábula en Ubuntu y, gracias a Proton, puedo disfrutar de la mayoría de mis títulos a resolución 2K y más de 60 fps. Esto me ha permitido estirar la vida útil de mi tarjeta gráfica en un mercado de hardware prohibitivo, demostrando que mi viejo equipo aún tiene mucho que decir.

Mi experiencia general

Ha pasado aproximadamente un mes desde que completé la migración. Admito que los primeros días sentía cierto vértigo; una vocecita en mi cabeza no paraba de repetirme que había sido una temeridad no hacer una imagen de respaldo completa de mi antiguo Windows. Por suerte, tenía a buen recaudo tres copias distintas de mis datos.

Con el paso de las semanas, esa inquietud desapareció. Me sorprendió lo rápido que me adapté y cómo mi rutina se desarrollaba con absoluta normalidad. Todo fluye de maravilla, incluso con mayor ligereza que en Windows; hasta los menús clásicos de LibreOffice me resultan ahora más prácticos y directos.

Es evidente que he tenido que renunciar a herramientas muy específicas (como la suite nativa de Office, Acrobat Pro o Affinity), pero el balance global es indiscutiblemente positivo. He conseguido dar una segunda juventud a un hardware que todavía tiene mucho que ofrecer, he consolidado mi convicción de que el software libre es una alternativa real y madura para el escritorio profesional y, en última instancia, he aportado mi pequeño grano de arena en la resistencia pacífica frente a la tiranía de las Big Tech y el tecnocapitalismo desbocado.

Linux, ahora sí. Microsoft: no, gracias.